Nuevos horizontes para el progresivo andaluz
Mirrors es el tercer disco de Plastic Woods y, hasta la fecha, el más completo. El grupo de Antequera lo publica el 22 de octubre junto a Spinda Records y Discos Macarras, cinco años después de Dragonfruit, y vuelve a mezclar rock progresivo, psicodelia y raíces andalusíes sin casarse con ninguno de los tres.
Es difícil escucharlo sin acordarse del rock andaluz de los setenta, el de Triana o Medina Azahara, que demostró que el progresivo también podía tener acento del sur. Plastic Woods recogen ese legado a su manera, con más psicodelia, algo de electrónica y una forma de construir canciones muy de ahora.
Es también su primer trabajo como cuarteto. Hoy la banda la forman Jesús de la Torre (voz y guitarra), Antonio Pérez Muriel (bajo), Rafael Marín «Fali» (teclados y guitarra) y Miguel Rey Burgos (batería). Las baterías del disco, eso sí, las grabó Javier Rubio Arrabal, antiguo miembro del grupo; Miguel suma una caja en Jabberwocky y es quien las defiende en directo. En el estudio contaron además con la flauta travesera de Elisa de la Torre y con el bendir y los crótalos de Estefi Otero, dos colaboraciones que se notan mucho en el resultado.
El 16 de octubre lo presentaron en la Sala Trinchera de Málaga, junto a los sevillanos Groal. Tocaron el disco de principio a fin y quien quiso pudo llevárselo en físico antes de que saliera a la venta.
Lewis Carroll mandó a Alicia al otro lado del espejo, y Plastic Woods hacen algo parecido con el protagonista de este disco. Empieza convencido de haber encontrado la luz y la verdad, se va enfrentando a lo que lleva dentro y termina aceptando su parte más oscura. Esa historia es la que mantiene unido un álbum que, en lo musical, cambia mucho de una canción a otra.

Living the Lights arranca con la batería contundente de Javier Rubio y una voz con regusto setentero. Parece que va a ser rock sin más, pero pronto aparecen notas más espaciadas, efectos y silencios, y la canción no vuelve a apretar hasta un tramo instrumental rápido y pesado. La fe del protagonista en esa luz recuerda a Ícaro, que daba nombre a su primer disco, subiendo hacia el sol sin preguntarse si quema. El resto del álbum se encarga de comprobarlo.
Inner Battles cambia de tercio con voces procesadas y texturas electrónicas. Sus secciones van y vuelven, alternando momentos de calma con entradas fuertes de bajo y batería, y esa insistencia encaja con una letra de pantallas, relojes y ansiedad que cita de pasada el «brave new world» de Huxley. Con ese hombre que llora en el parque, y que el narrador no sabe si es él mismo, el protagonista se ve por primera vez desde fuera. En el tramo final, los teclados de Fali le dan aire a la canción.
The Fool and the Tower va al grano, con fuzz, buenos riffs y un estribillo que se pega a la primera. En el Tarot, el Loco es el arcano sin número, el que emprende el viaje, y la Torre es la carta del derrumbe repentino, así que juntas resumen bien un disco que arranca cuando las certezas se vienen abajo. Entre tanta carta se cuela además una idea que volverá al final, la de que lo que de verdad se echa en falta es amor.
En All I Know el conflicto deja de ser interior. La letra apunta sin rodeos a la guerra, al fascismo y a quienes hacen negocio con todo ello. Musicalmente es de lo más movido del disco, con Muriel tirando de slap y cambios bruscos entre la psicodelia y el rock más duro. Las «bestias» que aparecen al final preparan el terreno para la que llega en el último tema.
En Mirrors, Jesús entra con un grito desgarrado que tiene algo de quejío flamenco, y las voces se van amontonando hasta desorientar. A mitad del tema todo se calma, aparece un ritmo machacón sobre el que la canción vuelve a crecer y termina en un tramo lento, grave y oscuro que se corta de golpe. Si el disco va de mirarse por dentro, aquí es donde el protagonista toca fondo.
Justo después llega Srorrim, su reverso hasta en el título. En el libro de Carroll, Alicia encuentra un poema escrito al revés y tiene que ponerlo frente a un espejo para leerlo. Ese poema es Jabberwocky, el mismo que da nombre al tema que cierra el disco. La canción empieza con voces lejanas, ecos y un aire que recuerda a Planet Caravan de Black Sabbath, y vuelve la vista a la infancia y a aquel verano del 98. En la Trinchera la tocaron justo después de Mirrors, y una detrás de otra es como mejor se aprecia lo que ha crecido Jesús como cantante.
Sandflower es probablemente la canción más redonda del disco. La abre la flauta de Elisa de la Torre con una melodía andalusí y, en cuanto entra Muriel, es el bajo el que lleva la voz cantante; pocas veces un bajo tira así de una canción. El tema pasa por la electrónica y la psicodelia, vuelve a lo andalusí con el bendir y los crótalos de Estefi Otero y acaba a todo volumen. La letra remite a la rosa del desierto, esa piedra que la arena y el agua van moldeando hasta darle forma de flor, algo bonito que solo sale en un sitio árido. Aquí el protagonista empieza a recomponerse, y la verdad que antes buscaba en solitario ahora se construye entre dos.
Cierra Jabberwocky, más de once minutos que se pasan rápido. Empieza como una balada, con guitarra suave, la flauta de Elisa de la Torre y un ritmo lento de marcha, y se va oscureciendo con la distorsión y unas voces cargadas de reverb. Hay tramos en los que cada instrumento parece ir por su cuenta hasta que todo vuelve a encajar, y no faltan los guiños andalusíes antes de un final pesado. En la Trinchera fue lo más impresionante del concierto, sobre todo por ese arranque ceremonial, que en directo impone todavía más.
En el poema de Carroll, el héroe mata al Jabberwock con su espada vorpal y vuelve a casa con la cabeza del monstruo. En la versión de Plastic Woods, la bestia es una criatura de feria que se alimenta de ruido y de miedo, con unas garras que recuerdan a las del original, y el protagonista, en vez de matarla, le pone nombre y descubre que es él mismo. Es lo que Jung llamaba la sombra, esa parte de cada uno que preferimos no mirar. Por eso la luz con la que arrancaba el disco reaparece al final, aunque esta vez le nace de dentro, de sus propias heridas.
Mirrors no se deja encasillar, y ahí está buena parte de su encanto. Plastic Woods tenían una fórmula que les funcionaba y han preferido arriesgar. Les ha salido su mejor disco, uno que se sostiene de principio a fin y que deja con ganas de ver hasta dónde pueden llegar.
A las bandas de aquí hay que escucharlas, comprarles los discos e ir a verlas cuando tocan cerca, porque de eso depende que sigan saliendo discos como este. Con Mirrors, Antequera puede presumir de banda, y el rock andaluz, de tener relevo.